«Al que desea vivamente la salvación de sus hermanos, nunca le faltan palabras para aconsejar, indicándoles el mal que han de huir y el bien que deben practicar» (Memoria de la Academia de San Miguel. Madrid 1866, p. 11).

EL APÓSTOL SE DESVIVE

Alguien dijo que el apóstol Pedro sentía una gran fascinación por Jesús. Pensándolo bien, solo desde ahí puede entenderse que se sintiera animado irresistiblemente a ser pescador de hombres. Se sintió fascinado, atraído por su bondad, sus palabras, su misericordia… Y así Pedro fue cambiando, transformándose. El primer seducido fue él, Pedro, y posteriormente, cuando otros le oían hablar, se sentían igualmente atraídos y deseosos de conocer a ese Jesús, el Cristo.

Hoy día la gente no está muy dispuesta a dejarse aconsejar, no se presta fácilmente a escuchar los sermones de otros… Pero eso no significa que las personas no tengan sed. Quizás no se trata ya de convencer desde la razón, sino de seducir, de transmitir experiencia de Dios para que otros se animen a experimentar lo mismo en relación a Jesús. Una prueba de ello es el gran éxito que tienen las propuestas espirituales orientales: el yoga, el zen… La gente está buscando, tiene sed, tiene inquietud.

Si deseamos vivamente ayudar de verdad a nuestros hermanos es importante que estemos preparados para dar testimonio y razón de nuestra fe. Debemos hacerlo sabiendo contagiar a los demás nuestro entusiasmo y nuestra confianza en el Señor. Que aquel que nos vea se pregunte: ¿En quién se sostiene para andar así por la vida?

¿Me siento comprometido y con deseos de transmitir a otros mi fe en Jesús? ¿Lo considero una tarea superior a mis posibilidades? ¿Me descorazono en seguida?