«Para que suba más de punto vuestra devoción y también para satisfacer vuestros deseos, os diré que debemos amar a María Santísima: 1º. Porque Dios lo quiere. 2º. Porque ella lo merece. 3º. Porque nosotros lo necesitamos, por ser Ella un poderosísimo medio para obtener las gracias corporales, espirituales y, finalmente la salud eterna» (Carta a un devoto del Corazón de María, en EC II, p. 1497s).

¿AMAR A MARÍA ES UNA OBLIGACIÓN?

Amar a nuestro padre y a nuestra madre, ¿puede ser una obligación? Parece un disparate emplear este lenguaje, cuando el amor natural hacia nuestros progenitores surge normalmente de nuestro ser. Lo mismo diríamos en relación con nuestra madre la Virgen. Y, sin embargo, Claret, en esa carta dirigida a un devoto del Corazón de María, se esfuerza en dar las razones por las que «debemos amar a María Santísima».

No es que sean razones sin importancia, es cierto. En efecto: Dios quiere que la amemos (en la persona del apóstol Juan, Jesús nos la entrega por madre precisamente en el momento en que Él muere en la cruz por salvarnos. Buena herencia, digna de nuestro mayor aprecio).

Además ella lo merece: su colaboración a la obra de la salvación la hizo merecedora de nuestra gratitud más loable.

Y, finalmente, porque nosotros mismos necesitamos de esa intercesión materna de María en la obtención de las divinas gracias. Ella continúa prestando a la humanidad el servicio mediador o intercesor de todo tipo de gracias, por su cercanía a Cristo, el Señor, su Hijo y genuino Mediador.

Aun agradeciendo a Claret la explicitación de esas razones, ¿no te parece que amar a María surge de tu corazón con espontaneidad, como algo natural?