«Ya que a Dios le llamáis Padre, y lo es, portaos como un buen hijo; temed darle el más pequeño disgusto y esmeraos en complacerle en todas las cosas, como nos ha enseñado Jesucristo»

(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 4; editada en EC II, p. 581).

EL AMOR LLEVA A AGRADAR

Sorprende que ya en el Antiguo Testamento aparezca la imagen de Dios como amigo, esposo o padre… Te invito hoy a leer el cap. 11 de Oseas. Allí se percibe la ternura de un Dios a quien, al pensar en su pueblo-hijo, «le da un vuelco el corazón y se le conmueven las entrañas». Asimismo, en Deuteronomio 32,5-6, se dice que «siendo Él tu padre y tu creador, el que te dio el ser… hijos degenerados se portaron mal con Él». Ignoran mucho los que ven en Yahvé solo al Dios del terror y de la ira.

Este aspecto paternal de Dios lo acentuó Jesús todavía más: le designa casi siempre como «el Padre» y le invoca con el diminutivo «Abbá», que significa más bien «papá», con un matiz especial de ternura. Los seguidores de Jesús participan en esa filiación; por eso, Jesús les enseña a que oren a Dios llamándole «Padre». Y esto se convirtió muy pronto en el normal uso eclesial: Los gálatas, a pesar de hablar un idioma celta, y los romanos, que hablaban latín o griego, invocaban a Dios con la palabra «Abbá» (cf. Gál 4,6; Rm 8,15).

Claret se identificó con esta espiritualidad filial ya desde su infancia. Escribe: «¡Con qué amor hablaba con el Señor, con mi buen Padre» (Aut 40). Pronto comenzó a sentir la vocación de apóstol para trabajar por la salvación de sus hermanos y para evitar los pecados, que son «injuria infinita a mi Dios, a mi buen Padre» (Aut 16).

¿Cómo es tu relación con Dios Padre? ¿Ardes en deseos de agradarle?