«No solo habéis de tener paciencia en sufrir vuestros defectos, sino también los dolores corporales y las sequedades de espíritu. Aunque San Pedro quisiese estar en el Tabor y huyese del Calvario, este monte no deja por esto de ser más útil y provechoso que aquél. Mejor, decía San Francisco de Sales, es comer el pan sin azúcar que el azúcar sin pan» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 17; editada en EC II, p. 588).

AMOR PACIENTE

Hay ocasiones en que nuestra vida nos parece inútil, insignificante o poco interesante. Pero el valor de nuestra vida no se mide por lo que hacemos; nuestro estado de ánimo no cambia de hecho nuestra dignidad como personas ni el valor que tenemos a los ojos de Dios. No valemos por lo que hacemos, sino por la dignidad que tenemos como personas, como hijos de Dios. Cada uno es único e irrepetible. Todos y cada uno somos muy importantes para Dios, porque somos creaturas suyas, hechos a imagen suya. Y nos quiere por nosotros mismos. ¡Valemos mucho a los ojos de Dios!

Podrán cambiar las circunstancias de nuestra vida, podremos ser grandes pecadores, sentirnos bien o despreciarnos. El Señor sigue siendo el mismo, mantiene su amor por nosotros, nos sostiene en las dificultades y nos da el gozo de la vida.

En la vida y en la muerte, somos del Señor, dice Pablo (cf. Rm 14,8). En los momentos de alegría y en los momentos de dolor, está siempre presente el Señor. Es como el sol: no porque esté nublado y no lo veamos deja de estar ahí.

¿Pides alguna vez al Señor el don de la fe para reconocerlo y sentirlo junto a ti, fortaleciéndote, consolándote, animándote, dándote su paz, o te lamentas y reniegas de Él?