«A los quince días de nuestra llegada [a Cuba] fuimos a visitar la imagen de la Santísima Virgen de la Caridad en la ciudad del Cobre, a cuatro leguas de la capital, que es tenida en mucha devoción por todos los habitantes de la Isla» (Aut 510).

CON LA PIEDAD DEL PUEBLO

En todos los países de tradición cristiana existen santuarios marianos que reúnen a miles y millones de personas todos los años. Seguramente los habrá en el lugar donde vivimos cada uno de nosotros.

En la vida de Claret aparecen varias advocaciones de María que le acompañaron en los diversos lugares donde se desarrolló su vida y ministerio. La Virgen de Fusimaña de Sallent, a la que visitó frecuentemente con su hermana, la Virgen del Rosario en Vic, la Moreneta de Montserrat –patrona de su Cataluña natal–, la Virgen del Pino o de la Candelaria en las Islas Canarias, la Virgen de la Caridad del Cobre en Cuba, la Virgen de la Almudena en sus años de Madrid, y otras muchas advocaciones que le ayudaron a crecer en la devoción a María.

En todas ellas, Claret descubrió aquel corazón que acogió la Palabra de Dios y en el que encontraban resonancia las situaciones y aspiraciones de sus hijos. En la contemplación de María encontró una fuerte inspiración para seguir a Jesús y dedicarse generosamente a su ministerio apostólico.

La devoción a María es una parte muy importante del patrimonio espiritual de la Iglesia. Ella nos introduce en la meditación del «rostro materno» de Dios.

Cuando visitemos un santuario mariano o invoquemos la intercesión de María, dejemos que el fuego que latía en su corazón se apodere del nuestro.