«Nunca he cobrado un maravedí como propiedad de lo que he mandado imprimir; al contrario, he dado gratuitamente millares de millares de ejemplares, y aun en el día de hoy estoy dando, y daré hasta la muerte» (Aut 328).

FUERZA PERSUASIVA DE LA GRATUIDAD

En una sociedad mercantilista como la nuestra, la gratuidad, más que un valor, es una actitud sospechosa. Cuando todo se compra y se vende, no se entiende que alguien quiera ofrecer algo gratis… a menos que busque algún otro tipo de compensación no crematística. Y, sin embargo, la lógica de la evangelización se rige por otro criterio: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

Lo mejor de la vida (la vida misma, la libertad, la alegría, la amistad, la fe) no se puede comprar. Todo lo mejor lo recibimos «gratis» (es decir, como gracia). Para que sea eficaz hay que darlo del mismo modo como lo hemos recibido: gratis. Claret comprendió muy bien las palabras de Jesús y trató de aplicarlas a su modo de evangelizar; y, más concretamente, a la impresión y difusión de libros. Sobre todo comprendió que en su vida debían estar presentes las orientaciones de Jesús, que enseñó que «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «siendo rico se hizo pobre para que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza» (2Cor 8,9).

Claret se rebajó su sueldo de arzobispo de Cuba para que sus sacerdotes estuviesen mejor pagados. Posteriormente, como presidente de El Escorial, realizó una administración admirable y asignó buen sueldo a sus colaboradores en aquella gran empresa. Pero no se asignó nada a sí mismo.

Ante el ejemplo de Claret, que es calco del espíritu evangélico más genuino, podemos cuestionar nuestro modo de proceder: en nuestra vida y en el apostolado.