«En un principio que estaba en Vich pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos Ejercicios espirituales y frecuencia de Sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Sma. …”

“…empezasteis a dar golpes de humillaciones, y yo también daba los míos con el examen particular que hacía de esta virtud, para mí tan necesaria»(Aut342).

DEJAR QUE DIOS NOS FORJE

Quizá el símbolo más recurrente en la predicación y escritos de Claret sea el fuego. Lo aplica a Dios, al Espíritu Santo, al Corazón de María… Para describir su proceso de transformación interior se sirve de un símbolo muy familiar en su tiempo: la fragua. Aun en nuestro mundo tecnificado, sigue siendo un símil comprensible, pues se basa en los cuatro elementos presentes en toda cultura: tierra, fuego, aire y agua. Claret se ve a sí mismo como una barra de hierro que aspira a convertirse en flecha. ¿Qué hace el herrero? En primer lugar, mete la barra de hierro en el fuego hasta que se vuelve rusiente. Después, la coloca sobre el yunque y, lentamente y con precisión de artista, la va golpeando con el martillo hasta darle la forma adecuada. Finalmente, cuando la barra se ha convertido en flecha, la introduce en el agua para que adquiera el temple justo.

Con gran sencillez, Claret aplica esta hermosa alegoría a su modelación por la gracia del Padre que lo convierte en «flecha misionera».