«He aquí […] la última y principal prenda que debes tener para ser un buen misionero: ser devoto de María y amar mucho a Dios» (Carta al misionero Teófilo, en Sermones de Misión. Barcelona 1858, vol. I, p. 26).

LOS DOS GRANDES AMORES

Cuando Claret misionaba en Gran Canaria, lamentaba la deficiente formación de los sacerdotes de aquella isla: era de orientación jansenista. Esta fue una desviación muy extendida en los siglos xvii y xviii, que en la espiritualidad llevó a un rigorismo moral y a un lamentable olvido de la ternura de Dios Padre.

Frente a ella tuvo un gran papel la devoción a los Corazones de Jesús y de María.

Claret, quizá predispuesto por ser «naturalmente muy compasivo» (Aut 9), entendió a Dios como el padre del hijo pródigo que le organiza una fiesta cuando regresa. Por el año 1847 conoció los Anales de la Archicofradía del Corazón de María que funcionaba en la iglesia parisina de Nuestra Señora de las Victorias; veneraban a María especialmente como «refugio de pecadores». Esto dio un nuevo matiz a la espiritualidad y a la técnica apostólica de Claret: María «refugio». Percibirá en ella un fiel reflejo de la ternura de Dios. Él no fue uno de aquellos predicadores que atribuían a Dios la justicia y a María la compasión. Su Dios era el padre compasivo. Pero no por ello privaba de espacio a María: la veía como modelo, como maestra, como «mediadora»; era el «cuello» entre Cristo Cabeza e Iglesia Cuerpo.

En esa línea de confianza en Dios como Padre y en María, Claret quiere que Teófilo –el personaje imaginario al que escribe– sea un buen misionero, y sabe que la condición elemental para ello es que lleve fuego interior, que ame mucho a Dios y a María para que su palabra no sea fría o «neutra», sino palabra de fuego.