«La santidad supone dos cosas: limpieza de pecado y eminencia en la virtud. A fin de adquirirla, debes tomar por modelo a Jesucristo, primer sacerdote y pontífice, meditando su vida y procurando tenerle siempre presente en los pensamientos, en los afectos, en las palabras, en las obras y en el padecer por su amor» (Avisos a un sacerdote,en EE p. 240).

TENDER A LA SANTIDAD DE VIDA

Sabio comentario el de Claret a un sacerdote. ¿Podía ser de otro modo?

Con el paso de los años vamos descubriendo que muchas veces no sabemos qué hay que hacer en una determinada situación. Pero en casi todas esas encrucijadas, incluso en las más complicadas, lo que parece un callejón sin salida empieza a tener alguna: intuimos qué pasos debemos dar y qué debemos evitar por todos los medios.

Claret comienza marcando esos mínimos: la santidad supone «limpieza de pecado». Pero también –nos lo dice en positivo– «eminencia en la virtud».

No basta con no mancharse, ¡solo faltaba! El reto está en que la blancura brille. Tampoco se trata de cuidarse tanto para evitar que nuestra vida se manche que quedemos paralizados; no podemos contemplar tranquilos que el mundo arda ante nosotros sin que nosotros mismos movamos un dedo. Intuyo que los comentarios de Jesús sobre quien guardaba con tanto miedo sus talentos tienen que ver con esto: vivir y amar implica arriesgar.

Si Claret hubiera vivido en el siglo xxi, nos invitaría a invocar constantemente al Espíritu; solo él puede contagiarnos el sentir, el querer y el pensar de Jesús. No dejemos de hacerlo; él nos marcará el camino hacia la eminencia en la virtud.