«La virtud más necesaria es el amor. Sí, lo digo y lo diré mil veces: la virtud que más necesita un misionero apostólico es el amor. Debe amar a Dios, a Jesucristo, a María Santísima y a los prójimos. Si no tiene este amor, todas sus bellas dotes serán inútiles; pero, si tiene grande amor, con las dotes naturales, lo tiene todo»(Aut438).

LA VIRTUD IMPRESCINDIBLE

Se dice que hay personas que «viven» y personas que «son vividas». Hay vidas con pasión y hay vidas anodinas, de quien anímicamente «ni siente ni padece». Es una profanación del precioso don de la vida; este, por sí solo, debiera ser suficiente para entusiasmar, para «apasionar» (=causar pasión). El mero «durar» no equivale a «vivir».

Se tiene «pasión» cuando se experimenta motivo para levantarse cada mañana y ponerse a trabajar, porque hay algo –o alguien– que «me dice mucho». Solo en ese caso se vive vida verdaderamente humana, no mecánica; es uno mismo quien decide y actúa; no «es llevado», sino que va.

Las palabras de Claret que hoy motivan nuestra reflexión son autobiográficas: él vivió así. Su paso por el mundo fue el de un afanoso y apasionado: le decía mucho la causa de Dios y la causa del hermano, y le faltaba tiempo para servir a una y a otra. En algunos ejercicios espirituales hace el propósito de no perder un minuto de tiempo; como el día le resultaba corto, hurtaba tiempo a sus horas de sueño, hasta habituarse a no dormir más de tres o cuatro cada noche.

Cuando Claret habla del amor como la fuerza que dinamiza las cualidades naturales no teoriza, sino que habla de sí mismo. Hay algo que no parece haber conocido: desgana, aburrimiento, o «desvitalización».El amor le animaba fuertemente.