«¡Oh Dios mío!, os doy palabra que lo haré. Predicaré, escribiré y haré circular libros buenos y hojas volantes en abundancia a fin de ahogar el mal con la abundancia del bien»(Aut453).

PREDICAR, SU PASIÓN DOMINANTE

Los antiguos manuales de ascética enseñaban a que cada uno buscase su «pasión dominante», es decir, el defecto que más entorpecía su progreso espiritual. Una vez descubierto, se establecía todo un programa de lucha contra él. Pues bien, alguien que conoció de cerca a Claret afirmó que «su pasión dominante» era la predicación.

Claret fue ante todo un predicador. Fundó la Congregación de Misioneros con un objeto inmediato: misiones populares y ejercicios espirituales. Solo posteriormente, siempre en relación con el servicio de la Palabra, asumieron otros ministerios. Es inimaginable el número de sermones predicados por Claret. En julio de 1861, mientras preparaba un viaje con la familia real, escribía: «La pena mayor que tengo es tener que estar estacionario en esta corte. Es verdad que predico siempre en las cárceles, hospitales, hospicios, colegios, conventos y pueblo; pero no me satisface; yo quisiera correr… El día 15 saldremos para Santander, en que pienso saciarme…» (EC II, p. 321). En ese viaje sucedió lo inaudito: durante la parada del tren real en una estación, Claret, desde la ventanilla, hizo una plática a la gente que estaba en el andén. Al regreso, el 16 de agosto, predicó en Burgos once sermones. Y como complemento al ministerio de la palabra, escribió muchos libros, «robando horas de sueño».

¡Qué bueno sería que en muchos creyentes de hoy se diese una «pasión dominante» tan bien orientada y una santa «astucia evangélica»como la de Claret!