«Tan cierto es que un niño conservado en la inocencia por una buena educación es a los ojos de Dios un tesoro más precioso que todos los reinos del mundo» (Aut 276).

LA INOCENCIA NO TIENE PRECIO

Los valores que hoy se cotizan en nuestro mundo tienen que ver con el triunfo y las reglas de una sociedad competitiva. Por contraste, también somos sensibles a la libertad, la justicia, la solidaridad, etc. Pero en las encuestas sobre valores no suele aparecer la inocencia. Suena como un ideal imposible o demasiado pueril en una sociedad «adulta», autosuficiente y, a menudo, corrupta. Y, sin embargo, la inocencia, simbolizada por los niños, nos devuelve la verdad de lo que el mundo tendría que ser.

En este sentido, un niño es siempre un recordatorio del mundo perdido o, quizá mejor, del mundo que Dios sueña, del mundo por venir. Un niño es un tesoro. Las sociedades que controlan el nacimiento de los niños están preparando su propia tumba, porque renuncian a la mejor «reserva de humanidad» que poseemos. Rabindranath Tagore decía que cada vez que un niño nace caemos en la cuenta de que Dios no se ha olvidado de nuestro mundo. Un mundo sin niños, demasiado adulto, no sabe de dónde viene ni adónde va.

Sabemos cómo Jesús pronunció palabras duras para quienes pervierten la inocencia de un niño. Y puede darse una perversión sutil y dañina: robar al niño la inocencia de poner su confianza en Dios como Padre, viviendo como hijo digno, libre, seguro y feliz. Claret advierte que el niño puede conservar o perder su inocencia según la educación que reciba. Toda buena educación tendría que ayudar al niño a consolidar y desarrollar esta experiencia.Es una llamada a la responsabilidad.