«Convencidísimo, pues, de la utilidad y necesidad del amor para ser un buen Misionero, traté de buscar ese tesoro escondido, aunque fuera preciso venderlo todo para hacerme con él» (Aut 442).

EL AMOR, TESORO ESCONDIDO

Entre las parábolas de Jesús figuran las brevísimas del tesoro escondido en el campo y la de la piedra preciosa que encuentra un mercader (cf. Mt 13,44-46). Los expertos en biblia dicen que la expresión más importante de esas parábolas es la anotación casi marginal «lleno de alegría por el hallazgo».

Claret percibió el insuperable valor del amor; fue para él el gran tesoro. En realidad no va más allá de la expresión del Cantar de los Cantares, que dice: «Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable» (Cant 8,7). 

La pregunta que se nos ocurre es si el amor puede ser «provocado», si puede «adquirirse», si somos dueños de esa actitud de ánimo o es más bien ella la que nos posee. Si preguntásemos a unos novios la razón de su atracción mutua, probablemente responderían que en el amor no se sabe si uno es actor o «víctima». Pero ese es el amor «sentimental», a veces también erótico, muy distinto del amor «oblativo» («de ofertorio»), el de la disposición a dar la vida, el que va mucho más allá de una simpatía natural o complacencia (que incluso pudiera ser nido de un egoísmo larvado).

Al amor oblativo se refiere Claret.Ese amor llegó a hacérsele incluso sensible, de cariño y ternura: «Los quiero tanto que de amor me vuelvo loco…», dice a los misioneros (EC II, p. 352). Esta transformación del corazón llegó en él –según anota en su diario espiritual el día 12 de octubre de 1869– a esta sublimidad: «A las once y media del día de hoy, el Señor me ha concedido el amor a los enemigos».