La primera carta de amor que recibí del Padre Claret me llegó a través de su autobiografía, número 33, cuando describe su actitud hacia los débiles, de la siguiente manera: “Cada vez que teníamos que corregir a alguien, me entristecía mucho; sin embargo cumplí con mi deber. Siempre traté de encontrar algo bueno que decir sobre el trabajo terminado. Solía alabar sus buenos puntos, diciendo que ésto o aquello era muy bueno pero que tenía tal o cual defecto y si estos pequeños defectos se corrigieran, realmente sería un trabajo perfecto”.

Al reflexionar sobre esta actitud del Padre Claret, me di cuenta de que, desde una perspectiva psicológica, mi aprecio por su enfoque para corregir a los demás se debía a mis propias experiencias con mi padre biológico. Mi padre era un reconocido amante de la disciplina en mi ciudad. Me amaba, elogiaba todos mis éxitos y, sin embargo, castigaba con azotes cada ofensa que cometía. Y por eso ¡temía cometer errores! No es de extrañar que el enfoque humano de Claret para corregir a otros resuene maravillosamente dentro de mí. Con agradecimiento noté sus efectos poderosos en mis compañeros hijos del Corazón de María cuando tuve el privilegio de acompañarlos en sus procesos de formación.

De hecho, no sabía nada de Antonio Claret hasta que entré en el seminario claretiano y particularmente en el noviciado. Fue allí donde entré en contacto con la actitud descrita anteriormente del Padre Claret y con otro rasgo suyo, a saber, su “adopción” de Dios  Padre como su padre. Supongo que esto me fascinó a causa de mi cercanía con mi propio padre biológico con quien tuve mucha intimidad. El Padre Claret da una pista de su intimidad con el Padre en su autobiografía, número 17, diciendo:

“Si un hijo tuviera un padre muy amable y viera que estaba siendo maltratado sin ninguna razón, ¿no defendería el hijo al padre? Si el hijo viera que este buen padre estaba siendo llevado a la ejecución, ¿no haría todo lo posible para liberarlo? Pues bien, entonces, ¿qué debería estar haciendo por el honor de mi Padre, a quien se ofende con tanta indiferencia y quien, aunque es inocente, es llevado al Calvario para ser, como dice San Pablo, crucificado nuevamente por el pecado? ¿No sería un crimen permanecer en silencio? ¿Cuál sería la sensación de no hacer todo lo que pudiéramos? ¡Dios mío, Padre mío! Ayúdame a evitar todos los pecados, o al menos un pecado, incluso si hubiera de ser  cortado a pedazos en el intento”.

Esto, su relación personal con el Padre, me ha ayudado enormemente a profundizar más concretamente mi relación con Dios, el Padre. Simplemente me gusta cómo se relacionaba de manera convincente con Dios, como lo haría cualquier “buen hijo” con su padre biológico. Estas fueron en realidad mis atracciones iniciales para la persona y la espiritualidad del Padre Claret.

Más allá de las atracciones anteriores, mis visitas recientes a los diferentes lugares asociados con el Padre Claret continúan renovando y profundizando mi cercanía a Dios, particularmente siguiendo los pasos de nuestro Señor Jesucristo. Por ejemplo, aprecio profundamente la autodisciplina del Padre Claret al pasar horas en presencia del Santísimo Sacramento. No es de extrañar que recibiera el privilegio y el don de llevar siempre el Santísimo Sacramento (Aut. 694):

“El 26 de agosto de 1861, a las 7:00 de la tarde, mientras estaba orando en la iglesia del Rosario en La Granja, el Señor me concedió la inmensa gracia de mantener intactas las especies sacramentales dentro de mí y de tener al Santísimo Sacramento siempre presente, día y noche, en mi pecho. Debido a esto, siempre debo estar muy recogido y devoto interiormente”.

Además, simplemente me gusta su mentalidad siempre creativa, en la búsqueda  para alcanzar la salvación de vidas para su Padre. Por ejemplo, cuando estuvo exiliado en Francia, parecía que todo había terminado con respecto a sus actividades pastorales, pero en muy poco tiempo buscó a algunos inmigrantes; comenzó a organizarlos y catequizarlos, justo antes de que lo invitaran a Roma para colaborar en la preparación de los Documentos del Vaticano I. En otras palabras, donde quiera que se encontrara, se lanzaba de manera creativa para servir al pueblo de Dios. ¡Para mí esto es maravillosamente emocionante! Con él proclamo: “todo para la gloria de Dios, amén”.

 

Breve auto presentación:

Onuekwusi Roland Chidiebere, Cmf es un Misionero Claretiano de la provincia de Nigeria del Este.

Trabajó en Camerún, Nigeria, Kenia y Sudán del Sur. Actualmente es miembro del equipo que lleva a cabo el programa “La Fragua”.