«Arda en tu corazón el celo de la salvación de las almas, que será fruto y argumento del amor de Dios en la tuya» (Avisos a un sacerdote, en EE p. 243).

CELO APOSTÓLICO

«Donde está tu tesoro allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Esta frase recoge el motivo, la intencionalidad de nuestro ser y hacer en la vida. El corazón es signo de amor. Por amor nos atrevemos a arriesgar hasta la propia vida por lo que queremos vivir y hacer. La pasión –el amor o el «celo»– nace del corazón. Lo que nos apasiona nos impulsa a gastar las fuerzas de la vida.

En la predicación pública de Jesús y en su enseñanza más cercana a sus seguidores (cf. Jn 13-16), el amor al prójimo es el tema recurrente.Afirma que el mandamiento principal de la antigua ley es «amar a Dios con todo tu corazón, toda tu alma… y al prójimo como a uno mismo» (Mc 12,30-31; cf. Lv 19,18), e insiste en que la característica de sus discípulos consistirá en el amor mutuo, un amor que debe llegar hasta dar la vida por el otro (cf. Jn 15,12-13).

El amor tiene una doble fuerza: centrípeta y centrífuga, tiende a unir y a comunicar. Claret se sentía profundamente unido al amor de Dios, meta y felicidad de la humanidad, y, por eso, se sentía urgido a comunicar a los demás este mensaje salvífico de amor. El celo apostólico que sentía en su corazón era fruto del amor de Dios que le llevaba hacia los hermanos. De ahí que el cristiano comprometido siente la urgencia de testimoniar el amor con el que ha sido agraciado y no puede permanecer callado.

¿Qué es lo que mueve tu vida y tu compromiso en este mundo? ¿Qué buscas con tu acción o tu trabajo?

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