«Otro de los motivos que me impelen en predicar y confesar es el deseo que tengo de hacer felices a mis prójimos» (Aut 213).

HACER FELICES A LOS DEMÁS

Muchas personas dicen: «Yo lo que más deseo y busco en esta vida es… ser feliz». Y lo afirman tratando de impregnar de autenticidad sus palabras, convencidos de que su pretensión apunta al más noble de los fines imaginables.

Claret nunca perteneció a ese grupo de personas que aspiran solamente a ser felices. Entendió que esa era una pretensión muy seductora pero equivocada e inalcanzable si se busca a través de falsos atajos. Es que las personas solo logran la felicidad cuando aman. Y amar es buscar el bien de los demás por encima del propio. Cuando alguien entiende esto y lo practica, entra en el camino recto y seguro que le llevará a su plenitud, aunque le sobrevengan dolores y contrariedades por el trayecto.

«Hacer felices a mis prójimos», se lee en los escritos de Claret como un eco recurrente. En ese empeño encontraba una de las motivaciones más poderosas de su actuar misionero. Fue feliz haciendo felices a los prójimos. Curiosa paradoja, al usar el verbo «hacer»: este verbo, activo sin más, sugiere aplicarse a la acción concreta, dedicarse al otro, realizar algo por los demás.

Rumiando estas palabras, te invito a mirar a tu alrededor y a detenerte en tu reflexión en las personas con las que normalmente convives. Pregúntate qué tienes que «hacer» para que sean felices. Sin duda caerás en la cuenta de que con minúsculas acciones, a tu alcance, podrás ayudarlas y… aportarás un poco de paz a tu alma.

¿Dónde buscas la felicidad? ¿La buscas de veras o sencillamente la confundes con la aburrida comodidad?