«[La persona que comulga] será como un árbol plantado cerca la corriente de las aguas, que dará el fruto a su tiempo. Podrá decir con el Apóstol: “Vivo, pero no yo, sino que vive en mí Cristo”. A la manera que el árbol injertado, que, si pudiese hablar, nos diría: «Vivo yo, porque en el tronco soy lo que antes; pero ya no soy yo, sino que en mí vive el injerto, la púa que se me ha puesto, y ésta vive en mí, y el fruto que doy no es según el árbol viejo, sino según el nuevo”» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 34; editada en EC II, p. 597).

POR LA EUCARISTÍA, CRISTO VIVE EN NOSOTROS

Interesa constatar la insistencia en la fecundidad de la intimidad con Jesús, recibido en el sacramento de su Cuerpo y Sangre. Esta intimidad con Él no es un dorado círculo cerrado. Se trata, por el contrario, de una relación interpersonal dinámica, que lanza a salir de sí para centrarse en los demás. Unidos con Cristo, cambiamos y nos transformamos totalmente. Bajo los efectos del sacramento, somos nuevas creaturas, impulsadas a convertirnos en  personas pacientes, bondadosas, carentes de envidia, orgullo y jactancia; personas que encuentran su alegría en la verdad, que todo lo disculpan, lo creen, lo esperan y lo aguantan (cf. 1Cor 13,4-8).

Esta es la fuerza transformante de la Eucaristía. El alimento del Cuerpo y la Sangre de Cristo actúa de tal forma en nosotros que nos asimila totalmente a Cristo, aunque no aniquila nuestra libertad personal. Como Pablo, podemos decir: «Es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

En el hogar, en el trabajo, en todas nuestras actividades, se debe transpirar la vida de Cristo que hemos comulgado, que nos ha aportado el «injerto» de su ser.

Estamos llamados a difundir su savia vivificadora en el mundo.