«De un modo muy particular me hizo Dios Nuestro Señor entender aquellas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí y el Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres y a curar a los contritos de corazón”» (Aut118).

EL ESPÍRITU SUSCITA LA MISIÓN

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Dios me ha enviado a evangelizar a los pobres y a sanar los corazones afligidos». En esas palabras del profeta Isaías, de las que se apropia el mismo Jesús (cf. Lc 4,18), entendió Claret que consistía su misión. Y a esa misión fue fiel toda su vida, viviendo y predicando el Evangelio, tanto de palabra como por escrito. Visitó también a los enfermos y a los encarcelados, socorrió a los pobres y promovió diversas instituciones de ahorro y obras sociales.

Según los evangelios sinópticos, Jesús definió su misión como el anuncio y la práctica de la Buena Noticia del amor de Dios a los pobres, a los afligidos, a los marginados y a los pecadores. En el evangelio de Juan lo dice Jesús así: «Yo he venido para que todos tengan vida, y vida en abundancia» (Jn 10,10); y en el de Mateo se nos ofrece la elocuente parábola del juicio final, según la cual se nos juzgará por lo que hagamos o no hagamos con los que padecen (cf. Mateo 25,31-46).

Eso es lo que nos cuenta Claret que le hizo entender el Señor. También en cada uno de nosotros habla y actúa el Espíritu, para que, cualquiera que sea nuestro estado de vida en la Iglesia, prosigamos la misión de Jesús de anunciar y practicar el amor del Dios de Jesús a los pobres, afligidos, marginados, hambrientos, desesperados y perdidos… Y esto es hoy tan esencial y urgente en nuestra vida que se nos convierte en una pregunta muy personal:

¿Lo vas entendiendo? ¿Qué posibilidades tienes de practicarlo? ¿Lo haces?