«Uno de los mayores actos de caridad para con el prójimo es amar y soportar a los que son molestos, caprichosos, testarudos, ignorantes, vanos, orgullosos, etc. Esta es la piedra de toque de la verdadera caridad, decía San Francisco de Sales» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p.10; editada en EC II, p. 584).

LA PIEDRA DE TOQUE

No siempre actuamos movidos por la caridad, ni sabemos soportar a los que nos resultan incómodos. Frecuentemente nos quejamos de no ser tratados como merecemos y lamentamos que lo que hacemos no sea reconocido. Buscamos una compensación a los servicios que prestamos a los demás. En el fondo nos amamos a nosotros mismos.

Jesús nos enseña no solo a amar hasta las últimas consecuencias, sino a amar sin exclusiones. Él ha dado su vida por todos y por cada uno. No ha tenido en cuenta nuestros méritos o falta de méritos, ni ha previsto nuestro agradecimiento o reconocimiento por cuanto ha hecho por nosotros. Jesús nos enseña que se debe amar gratuitamente y a todos sin excepción porque todos son hijos de Dios. El verdadero amor es el que se vive sin interés egoísta, solo porque la persona amada es la que es; se la ama por sí misma, e incluso a pesar de sí misma, de sus defectos, de sus comportamientos, de sus actitudes hacia mí.

Nos podemos preguntar a quién amamos y por qué lo hacemos; o bien,a quién rechazamos y por qué actuamos de esa manera.

Mis razones para amar ¿son válidas, están inspiradas en la caridad de Cristo o en mis sentimientos, en mis reacciones espontáneas, en el provecho o el daño que puedo obtener…?