«Esta ciudad [Baracoa, Cuba] hacía sesenta años que no había sido visitada por ningún prelado, y, por lo tanto, no se había administrado el sacramento de la confirmación. Cuando yo llegué, ya dos de mis compañeros habían hecho la santa misión; no obstante, yo prediqué todos los días que permanecí en ella, administré el sacramento de la confirmación a todos, la visité…» (Aut 542).

LA EVANGELIZACIÓN PRECEDE A LOS SACRAMENTOS

Uno de los aspectos que más se critica de quienes ejercen una responsabilidad pastoral en la Iglesia es situarse lejos de la gente. En cambio, cuando hay cercanía y el pastor se aproxima con cordialidad, surge un diálogo que recoge inquietudes, comparte alegrías y hace que cada uno se sienta parte de la vida de los demás. De esta forma nace la experiencia de comunión eclesial.

Claret fue un obispo «popular». Había sido siempre un misionero «popular», atento a las necesidades del pueblo, a recoger sus inquietudes y sus preguntas. Por ello, su lenguaje era comprendido y su persona buscada y amada.

En nuestra sociedad, fuertemente marcada por el proceso de secularización, nuestro lenguaje «clerical» resulta, con frecuencia, lejano e incomprensible. Es un gran desafío anunciar un mensaje religioso a una sociedad que se define como post-religiosa. Por eso, nunca como ahora han sido tan importantes la escucha y el diálogo.

Lo mismo ocurre en lugares donde la pobreza suscita unas preguntas peculiares, quizá lejanas a un pastor que llega lleno de títulos académicos, o al voluntario de una ONG, condicionado por su procedencia de un mundo opulento. Es preciso «bajarse» del propio pedestal y vivir esas situaciones desde cerca, desde dentro. La cercanía al pueblo es una clave fundamental para un anuncio eficaz y creíble del Evangelio.