«Me limito a exhortar al lector a leer el Evangelio, la vida de Jesús, de María y de los santos; imitemos su virtud, y obraremos prodigios en el prójimo que nos ve y nos observa»(L’egoismo vinto. Roma 1869, p. 74. Retrotraducido en EE p. 427).

IMITAR A LOS TESTIGOS DE LA FE

En su librito Los seis talentos de oraciónescribía Claret lo siguiente: «Puesto cada uno en la meditación, ha de recordar aquellas palabras que Dios dijo a Moisés: “Mira y haz según el ejemplar que en el monte se te ha mostrado”. Se ha de portar el que medita como el que aprende a dibujar o escribir, que da una mirada al original y luego va copiando en el papel. Así dará una mirada al original, que es Jesucristo, e irá copiando sus virtudes» (en EE, p. 109).

La imitación. Palabra fundamental para comprender por qué Claret se mantuvo fiel hasta el último momento. Eligió sus modelos: «Jesús y María son mi amparo y mi guía, y los modelos que me propongo seguir e imitar» (Aut 642); y no cejó hasta copiarlos lo más perfectamente posible. Incluso quiso conformarse con ellos, «ser» como ellos. Ser como Jesús, sobre todo, suena a pretencioso, pero es preciso buscar esa identificación con él, primer modelo y único camino que conduce al Padre.

Claret encuentra, asimismo, un modelo perfecto de imitación en la figura de María. En la Carta al misionero Teófilo abunda en esta idea: «Así como María es la Madre del Verbo Encarnado, así el sacerdote, dice san Bernardo, es como padre y madre del Verbo consagrado y predicado. Por tanto ha de procurar ser humilde como María, casto como María y fervoroso como María» (en EE p. 364).

¡Qué mejor modelo de imitación de Cristo que su misma Madre, María, a la que ha de asemejarse en todo el apóstol!