«La pena mayor que tenía era cuando oía que mis padres habían de reprender a algún trabajador porque no había hecho bien su labor» (Aut 32).

COMPASIÓN CON LOS HUMILDES

Seguramente quien así escribe tiene un corazón compasivo y misericordioso. Y es que solemos estar acostumbrados a «ver la botella medio vacía» (cuando, desde otro punto de vista, no es menos verdad que está medio llena). El juicio y la valoración del otro y de lo otro nos salen con mucha frecuencia, sobre todo cuando el otro y lo otro no responden a nuestras expectativas personales.

Sentir el disgusto, el dolor, la pena, el sufrimiento del otro como algo propio se describe, por ejemplo, con la palabra «com-pasión». Es decir, padecer con el otro, padecer por el otro. Es otra forma de decir «solidaridad». Cuando nos hacemos cargo del sufrimiento del otro y no pasamos de largo, indiferentes, es que deseamos aliviar o reducir su sufrimiento asumiéndolo, compartiéndolo. Quien no es capaz de aproximarse al dolor del otro, quien no desea que todos, sin excepción, disfruten del bien, de la felicidad, de la vida en plenitud… no puede entender que los misericordiosos alcanzarán misericordia y los compasivos compasión.

Quizá necesitemos crecer en estos dos aspectos afectivos fundamentales, sin los cuales no puede existir ninguna relación sana: la compasión (padecer íntimamente con el otro) y la congratulación (gozar íntimamente con el otro). Lo contrario sería no conocer que cada uno de nosotros somos prolongación de los demás, que todos estamos involucrados en la vida de los demás. De tal modo que ignorar al prójimo es negarse a sí mismo. Y tú, ¿deseas, buscas, procuras el bienestar y la felicidad del otro? ¿Te va en ello tu bienestar y tu felicidad?