«Se extendió por Barcelona la fama de la habilidad que el Señor me había dado en la fabricación. De aquí es que algunos Señores llamaron a mi padre y le dijeron que sería del caso que formásemos una compañía y pusiésemos una fábrica a nuestra cuenta. Esta idea halagó muchísimo a mi padre, porque contribuía al mayor desarrollo de la fábrica que ya tenía…» (Aut 63).

LO HUMANO… SERVIRÁ PARA LO DIVINO

Tus cualidades, sean las que sean, te han sido entregadas en depósito, es decir, te han sido regaladas para hacerlas fructificar, producir, rentar… ¡Felicidades por todos esos dones y talentos! ¡Son tus cualidades! Comienza por reconocerlas y hazlo, además, de manera agradecida. Claret reconocía el origen de las suyas: habla, en efecto, de «la habilidad que el Señor me había dado»…

No es oportuno ser holgazán y negligente, sino que debes hacer fructificar todas esas cualidades que tienes. Ahora es el momento de hacer que sean rentables al máximo posible, por tu bien, por el bien de los que te rodean, por todos. Pero recuerda que, en el fondo, no eres tú el dueño último de todas tus cualidades. Hay Otro que las ha puesto en ti, para que tú, con constancia, esfuerzo y responsabilidad las hagas rendir al máximo.

De todas ellas tendrás que responder ante el Señor. Seguramente el reconocimiento de tus cualidades y el aplauso por parte de quienes te rodean, te hace sentir bien. ¿A quién amarga el reconocimiento de los demás? Eso es bueno; pero sé prudente y sabio. Que no se te pegue el corazón al reconocimiento y a la alabanza de los demás; no hagas depender de ellos tu felicidad. No pretendas ser demasiado protagonista, creyéndote el único dueño de tus cualidades. ¿O es que has hecho algo más de aquello que tenías que hacer con las cualidades que has recibido?