«Jesucristo instituyó el Santísimo Sacramento para poder quedarse hasta la consumación de los siglos. ¡Qué amor! Por amor y gratitud debemos asistir a la misa, visitar el Sacramento y recibirlo en la comunión con fervor» (Reloj de la pasión, en EE p. 198).

AMOR Y GRATITUD A JESÚS-EUCARISTÍA

La presencia de Dios en medio de su pueblo es contemplada por el profeta Isaías en la figura del «Emmanuel» (cf. Is 7,14); el evangelista Mateo la ve realizada en la persona de Jesús, el «Dios-con-nosotros» (Mt 1,23), presencia que nos acompañará hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Y desde aquí puede entenderse también la Eucaristía, que es presencia viva de Jesús, según sus palabras en la última cena: «Tomad… Haced esto en memoria mía» (cf. Lc 22,16ss).

Claret vivió una espiritualidad fuertemente eucarística ya desde su infancia, llegando a su culminación en su edad de madurez con la «gracia grande» de la conservación continua de las especies sacramentales en su pecho (cf. Aut 694).

Claret habla –en el párrafo escogido– de «fervor» eucarístico, en correspondencia al amor mostrado por el Señor al querer quedarse con nosotros… La palabra significa etimológicamente «hervor»: algo relacionado con calor, fuego, pasión, «efervescencia»… Será la consecuencia de haber experimentado en la Eucaristía esta presencia y entrega amorosa de Jesús; será el natural reconocimiento por habérsenos dado y haberse quedado con nosotros. Las manifestaciones de ese fervor pueden ser variadas: desde las estrictamente cultuales (misa, comunión, visita de adoración…) hasta el encendido ejercicio de caridad para con los hermanos, reflejo del amor de Jesús.

¿Cómo agradecemos y valoramos la presencia eucarística del Señor?