«Pensaré que Dios me está mirando. Pensaré que Dios me está hablando con inspiraciones y disposiciones… Yo le contestaré con jaculatorias. Yo le ofreceré cada cosa que haré o aquello de que me abstendré. Aceptaré el cáliz de la pasión cuando me brindara con alguna pena o trabajo» (Propósitos del año 1859, en AEC p. 687).

REFERENCIA PERMANENTE

El Dios de la biblia es el Dios vivo. Vive en relación con la humanidad, habla a su pueblo, le revela su nombre, es decir, su ser, y se compadece de su sufrimiento (cf. Ex 3,7). Él quiere vivir en diálogo con los suyos: «Escucha, Israel»; es el Dios de la ternura, que se llama Padre y tiene rasgos de Madre («entrañas»); es el Dios que fija la mirada amorosa en su pueblo y este le pide: «No me escondas tu rostro» (Sal 26,8).

Por lo que Claret escribe en muchas ocasiones, y particularmente por el tenor del propósito formulado en el párrafo que comentamos, él era muy consciente de que Dios le contemplaba con cariño, le inspiraba y le sostenía de continuo en sus tareas.

Ahora bien, tanto en su caso como en el de tantas personas, la mirada de Dios no significa el ahorro de las contrariedades en la vida, aunque sí su gracia para sobrellevarlas. La formación religiosa lleva a tomar conciencia de la «mirada» de Dios como atento acompañamiento «maternal». Mirada creadora que nos hace más bellos: «Ya bien puedes mirarme, después que me miraste, que gracia y hermosura en mí dejaste» (san Juan de la Cruz). Mirada «de comunión», que nos pone más en sintonía con Dios y con sus directrices, con su proyecto salvífico universal.

¿Cómo siento yo la compañía de Dios Padre y de Jesús en mi caminar? ¿Dudo alguna vez de que Dios «piense» en mí?