«¡Qué estrecho y apocado es el corazón humano para recibir lo penoso y contrario a sus terrenas inclinaciones! ¡Cómo se indigna con los trabajos!… ¡Qué impaciente los recibe, qué insufrible juzga todo lo que se opone a su gusto! ¡Y cómo olvida que su Maestro y Señor los padeció primero y los acreditó y santificó en sí mismo!» (Propósitos del año 1864, en AEC pp. 674-675).

LA CIENCIA DEL CORAZÓN

Claret tomó estos pensamientos para su reflexión personal de la M. Ágreda, escritora espiritual del siglo xvii. Pero, siendo todavía un joven misionero, él mismo escribiría en 1844 un opúsculo con otra clave y con consejos para quien pudiera tener su misma vocación: Avisos a un sacerdote. Allí toca también el tema del corazón (p. 12; o en EE p. 244).

Su interés no era la cardiología, sino ese misterio que llevamos dentro y que a la vez nos lleva con sus impulsos vitales, emociones, afectos y penas: el centro de nuestra personalidad, de nuestros dinamismos y de nuestras miserias. ¡

La invitación de Claret es al aprendizaje de la ciencia del corazón. Se trata de una ciencia indispensable para un misionero que dedica su vida a los demás; necesita conocimiento del propio corazón, con sus estrecheces, ambiciones, impaciencias… De ahí que al discípulo nutrido con la Palabra de Dios nada se le haga tan necesario como el amor. Y, por eso, Claret le recomienda: Retírate, como tu divino Maestro, a orar un poco en la soledad para adquirir, meditando en las penas de Jesús Crucificado, aquella ciencia del corazón sin la cual tu palabra sería como el sonido de una campana (ibid.).

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es la presencia de la cruz de Jesús, como semilla de amor, en nuestra vida? Y entendamos bien que, sin ella, no es posible el camino del discípulo misionero.