«¡Oh Dios mío, quién pudiera hacer que nadie os ofendiese! Antes bien, ¡quién me diera el haceros conocer, amar y servir de todas (las) criaturas! Esta es la cosa única que deseo; lo demás no me merece la atención» (Aut641).

QUE TE AME Y TE HAGA AMAR

«De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Esta máxima de Jesús puede aplicarse perfectamente a Claret. Leyendo y releyendo sus escritos, aparecen de manera espontánea estas expresiones salidas del buen tesoro de su corazón en las que expresa su intensa relación filial para con Dios, el Padre, y su profundo deseo de que Él sea por todos conocido, amado y servido.

Evidentemente, se trata de un conocimiento experiencial, cultivado en la oración y en la lectura meditativa de la Palabra. Este debe ser el alimento diario y abundante de nuestro corazón para que pueda rebosar paz, bondad, perdón.

En una época en que nos preocupamos tanto (¡y no tiene nada de malo!) para que nuestro cuerpo reciba una alimentación saludable, de ninguna manera podemos olvidar el alimento de las otras dimensiones de nuestro ser. La espiritualidad, la fe, la relación con Dios… necesitan ser alimentadas.

Vale la pena, por tanto, dedicar el tiempo y el esfuerzo necesarios a saciarnos con el alimento que puede ofrecernos la vida auténtica (cf. Jn 6,27). Y saberlo buscar directamente en su fuente: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed» (Jn 6,35).

¿Me preocupo por cuidar y nutrir correctamente mi vida interior, mi «corazón»? ¿Dónde busco el alimento que da sentido a mi vida y a mis quehaceres?