«La humildad es como la raíz del árbol, y la mansedumbre es el fruto»(Aut372).

RAÍZ Y FRUTO DE LA VIDA CRISTIANA

En la actualidad se habla mucho de autoestima, necesaria para unos mínimos de salud mental; no es sano despreciarse a sí mismo. El Evangelio, con sus conocidas paradojas, es capaz de compaginar autoestima y modestia. Jesús invitó a sentirse pequeños, pero no despreciables. A nadie acomplejó; más bien fue un portador de salud psíquica al afirmar la dignidad de hijo de Dios que posee todo ser humano. A los pecadores públicos les aseguró la acogida y recuperación por obra de Dios: «Hoy ha entrado la salvación a esta casa» (Lc 19,9), dijo refiriéndose a Zaqueo. Y a la mujer encorvada la curó, incluso trasgrediendo el sábado, porque, siendo una «hija de Abrahán» (Lc 13,16), no era justo que padeciese un permanente flagelo.

Pero Jesús no enseñó a nadie a fanfarronear ni a ufanarse de nada; contaba con que la persona sana no necesita reconocimiento, como no lo necesitaba Él, que, cuando querían proclamarle rey, huía al monte a orar en soledad. Jesús invitaba a reconocer la propia grandeza de hijos de Abrahán y de hijos de Dios, pero a reconocerla como regalo y, en consecuencia, a vivir humildemente agradecidos al Padre por sus dones.

Claret vivió profundamente la humildad; al verse consagrado obispo y portador de títulos y grandes cruces, escribió acerca de sí mismo: «Yo soy un burro malo cargado de joyas». Pero nunca silenció esas joyas, sino que confesó la grandeza del amor de Dios sobre él: «El Señor se dignó valerse de esta miserable criatura para hacer cosas grandes» (Aut 703). Esta humildad le enseñó a no sentirse con derecho a nada. La mansedumbre era en él, por tanto, fruto de la humildad, además de elección personal para asemejarse a Jesús.