«…Me dirijo al Señor y le digo con todo mi corazón: ¡Oh Señor mío, Vos sois mi amor! ¡Vos sois mi honra, mi esperanza, mi refugio! ¡Vos sois mi vida, mi gloria, mi fin! ¡Oh amor mío! ¡Oh bienaventuranza mía! ¡Oh conservador mío! ¡Oh gozo mío! ¡Oh reformador mío! ¡Oh Maestro mío! ¡Oh Padre mío! ¡Oh amor mío!» (Aut 444.6).

DIOS, MI TODO

Este texto fue redactado en el siglo XIX, y por Claret, quien nunca presumió de dominar con brillantez la lengua castellana. Por lo demás, desde la época del barroco, el lenguaje de la espiritualidad se había vuelto recargado y, a veces, meloso y «sensiblero».

Lo que predomina en estas expresiones de Claret es la «pasión», su corazón lleno a rebosar. Nótese la mención del amor al comienzo y al final de la frase, y en el centro de ella el gozo. Hace años, un entrevistador preguntó al conocido obispo Casaldáliga si era feliz, y él respondió con énfasis: «casi feliz». No explicó más, pero por el tono y el contexto se le entendía: sensible al sufrimiento humano, pero con la convicción y experiencia evangélica del amor de Dios a todas sus criaturas.

A situaciones como esta de Claret no se llega en dos días, sino después de años de búsqueda, de inmersión en lo divino. El fruto lo describe san Juan de la Cruz en versos insuperables: «En la interior bodega / de mi amado bebí, y, cuando salía, / por toda aquesta vega / ya cosa no sabía / y el ganado perdí que antes seguía» (Cántico espiritual). Claret, Juan de la Cruz y otros muchos nos han dejado el testimonio de una vida inmersa en Dios y feliz.