«El que aspira a la perfección de la vía unitiva debe practicar tres cosas, a saber: orar heroicamente, heroicamente trabajar, y heroicamente padecer» (El amante de Jesucristo. Barcelona 1848, p. 104).

ORAR, TRABAJAR Y PADECER

¿Por qué considera Claret estos tres verbos como indefectibles para alcanzar la perfección? La respuesta quizás la encontremos en el siguiente dato de su vida: en el año 1847 Claret recibía un regalo, un librito francés titulado El Amante de Jesucristo, del P. Jean Antoine Pelissier. Este libro le produjo una gran impresión, por eso, lo tradujo y lo publicó en español. El librito trata de un personaje imaginario que desea imitar a Jesucristo. Y –en síntesis– lo hace realidad a través de la oración, la entrega en el trabajo y la identificación con Cristo en el sufrimiento.

Claret no solo recomendó el contenido de este libro, sino que lo hizo carne propia durante toda su vida. Su vida y su apostolado se nutrieron en el ejercicio cotidiano del orar: «El primer medio de que me he valido siempre y me valgo es la oración» (Aut 264).

Un verbo lleva a otro. La oración que Claret practica le impulsa al trabajo y al sufrimiento por el Evangelio: «De algún tiempo a esta parte, Dios Nuestro Señor, por su infinita bondad, me da muchos conocimientos cuando estoy en la oración, con muchísimas ganas de hacer y sufrir para su mayor honor y gloria y bien de las almas» (Aut 761). El verbo «sufrir» brota también de su deseo de imitar a Jesucristo (cf. Aut 752). El verbo «sufrir» es el que más conjuga Claret en Madrid, en los últimos y más duros años de su vida.

¿Oro, me entrego en el trabajo, asumo los padecimientos en mi vida?