«Todo mi objeto, todo mi afán, era la fabricación. Por más que diga, no lo encareceré bastante; era un delirio el que yo tenía por la fabricación. ¿Y quién lo habría de decir que esta afición tan extremada era el medio de que Dios se había de valer para arrancarme del amor a la fabricación?» (Aut 66).

DIOS ESCRIBE RECTO…

No sabes cuáles son los caminos de Dios ni los medios por los que te va alcanzando su amor. La trama de tu vida no la conoces de antemano en toda su amplitud. Aquí ocurre, por utilizar un símil, como en las buenas películas de suspense… que solamente al final se desvela la complejidad de la trama.

Seguramente, y aun en medio de los ajetreos y agobios de la vida cotidiana, Dios sigue conduciendo tu historia por caminos que solamente Él conoce, y sigue disponiendo tu corazón para que un día, saliendo a tu paso –como hizo con Pablo de Tarso– te tire por tierra y tú te encuentres, sin caretas ni defensas, con Él cara a cara.

¿No solemos decir aquello de que «Dios escribe recto en renglones torcidos»? A veces aquello que nos parece fuera de lugar, torcido… está siendo el camino correcto, es decir, directo y recto, que Dios tiene para alcanzarte y para llevarte más y más a su encuentro. Solamente a medida que pasa el tiempo vamos descubriendo la trama misteriosa de la vida, se van despejando los interrogantes, se disipan las dudas.

Preguntémonos con lenguaje ignaciano: ¿No nos convendría ir haciéndonos indiferentes a todas las cosas creadas, de tal modo que no queramos más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, deseando y eligiendo solamente lo que mejor nos conduce hacia el fin para el que hemos sido creados? Afanados y agobiados, quizás, por tantas cosas olvidamos lo esencial.