«Jesucristo pidió al eterno Padre perdón para los que le crucificaban. Y nos enseñó cómo hemos de perdonar y amar a nuestros enemigos»

(Reloj de la pasión, en EE p. 199).

AMPLITUD DE CORAZÓN

No es fácil perdonar a quien nos ha ofendido; la tendencia a la venganza o el rencor parece innata. Pero Jesús pasó repartiendo perdón gratuito y desde la cruz pidió perdón para sus verdugos. Vivió su consigna de perdonar a los enemigos (cf. Mt 5,44). En la oración enseñada a sus discípulos presenta nuestra opción por el perdón a los ofensores como signo de nuestra acogida del perdón del Padre (cf. Mt 6,14; 18,35), y solo quien ha perdonado puede presentar a Dios una ofrenda agradable (cf. Mt 5,24). La práctica del perdón solo es posible para quien se sabe él mismo perdonado. Quien ha experimentado gratuidad la difunde (cf. Lc 7,47).

Claret vivió a fondo el ejemplo de su Maestro en el perdón de sus perseguidores. Perdonó de todo corazón a su agresor en Holguín (Cuba, 1856; cf. Aut 583 y 585). Durante sus años de intenso apostolado en Madrid, padeció todo tipo de calumnias, maledicencias, sarcasmos, e incluso varios atentados; a todos perdonó encomendándolos a Dios y amándolos de corazón (cf. Aut 628).

Cada ser humano lleva en su interior el sentido de culpa. No podemos escapar de la experiencia del remordimiento y, por salud mental, necesitamos que alguien nos permita saborear el perdón. Desde esa experiencia nos elevaremos a gustar el perdón de Dios. El Señor nos manifiesta su amor a través de su perdón sin juzgar; a los pecadores del Evangelio nunca les exigió una confesión humillante (cf. Jn 8,11).

¿Siento la necesidad del perdón, y de perdonar a otros?