«Me anima mucho el leer lo que hicieron y sufrieron los Apóstoles. El apóstol San Pedro, en el primer sermón, convirtió a tres mil hombres, y en el segundo a cinco mil. ¡Con qué celo y fervor predicaría!» (Aut 223).

TESTIMONIO CON PASIÓN

En su edición de la biblia para sacerdotes y seminaristas, Claret hizo imprimir en los márgenes, cada cierto número de versículos, una manecilla parecida a la que hoy nos ayuda a navegar por internet; con ella señala los versículos que juzga dignos de aprenderse de memoria. Pues bien, en los capítulos 2 y 3 de los Hechos de los Apóstoles, a los que hace referencia el texto que hoy leemos, marca dos versículos, los que considera que mejor definen a Pedro: «Con muchas otras palabras daba testimonio y exhortaba» (Hch 2,40), y «no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy» (Hch 3,6).

Nadie es totalmente neutral al contemplar la realidad; miramos con los ojos que tenemos, desde la propia sensibilidad e inquietudes. Cuando Claret lee la biblia, en ella encuentra profetas, apóstoles y, naturalmente, a Jesús misionero. Él se siente llamado como los apóstoles a ser otro «Siervo de Yahvé», gracias al cual la salvación llegará a los confines de la tierra. Se aplica a sí mismo el texto del Siervo y de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, me ha enviado…» (Is 61,1; Lc 4,17).

Pero, como él mismo afirma, le animan sobremanera los ejemplos de los apóstoles, particularmente el celo y fervor del apóstol san Pedro en sus primeros sermones.

¿Tenemos nosotros idéntica cercanía cordial como la que tenía Claret con aquellos que fueron los primeros discípulos y que son cimiento y raíz de nuestra fe?