«Procuré siempre conservarme en un mismo humor y equilibrio, sin dejarme dominar de la tristeza y de la alegría demasiada, acordándome siempre de Jesús, de María y san José, que también tuvieron sus penas»(Propósitos del año 1850; en AEC p. 663).

EL BUEN HUMOR

Ha habido santos que se han distinguido por su «buen sentido del humor». Entre ellos se suele dar particular relieve a san Felipe Neri, santo florentino del siglo xvi, que inició en Roma los que llamó «Oratorios». 

Eran espacios de encuentro donde se oraba y se compartía la Palabra de Dios con sencillez y acompañada con cantos, donde reinaba el buen humor y donde tenían acogida los más pobres y humildes. 

Tres siglos más tarde, en los Oratorios de san Felipe de Barcelona y Vic, el joven Claret encontró sucesivos consejeros que le ayudaron en su discernimiento vocacional. De ellos pudo aprender que el buen humor, la alegría y dulzura, son fruto de la paz del corazón (cf. Aut 386).

El buen humor brota del equilibrio interior. Nos acerca a la objetividad de las cosas y a la toma de las decisiones más pertinentes en cada momento. Surge de aquella paz profunda transmitida por el Señor resucitado que acompaña en la convivencia de sus seguidores y en el ejercicio del apostolado.

Producto del buen humor es el sentido positivo de nuestras palabras, la serenidad de nuestra mirada que, con una leve sonrisa, alivia, desde la solidaridad, los momentos difíciles de nuestros hermanos… Buenos instrumentos para la construcción del Reino.

¿Mantenemos el equilibrio, la serenidad, la ecuanimidad…, como hacía Claret?