«El ministerio de la palabra, que es, al mismo tiempo, el más augusto y el más invencible de todos, como que por él fue conquistada la tierra, ha venido a convertirse en todas partes, de ministerio de salvación, en ministerio abominable de ruina. Y así como nada ni nadie pudo contener sus triunfos en los tiempos apostólicos, nada ni nadie podrá contener hoy sus estragos si no se procura hacer frente por medio de la predicación de los Sacerdotes y de grande abundancia de libros buenos y otros escritos santos y saludables» (Aut452).

EL PODER DE LA PALABRA

Claret miró siempre con santa nostalgia los tiempos apostólicos: «¿Qué diré de Santiago, de Juan y de todos los demás? ¡Con qué solicitud! ¡Con qué celo corrían de un reino a otro! ¡Con qué celo predicaban sin temores ni respetos humanos, considerando que antes se debe obedecer a Dios que a los hombres!… Si los azotaban, no por eso se amedrentaban y abstenían de predicar; al contrario, se tenían por felices y dichosos al ver que habían podido padecer algo por Jesucristo» (Aut 223).

En realidad poco sabemos de la mayor parte de los apóstoles. A Claret le basta la información histórica sobre Pedro, Pablo y Santiago y, a partir de ahí y de la propia experiencia, dibuja la panorámica completa de la conquista del mundo para la causa de Jesús. Cuando escribe estas líneas (1862), su dedicación al ministerio le ha costado ya diversos atentados, alguno de los cuales ha dejado secuelas para toda la vida. Pero él las lleva no como una derrota sino como un trofeo.

En nuestro tiempo, más incluso que en el de Claret, hacen falta entre nosotros valientes testigos de la fe y personas expertas en medios de comunicación; pero, sobre todo, hacen falta… ¡muchos entusiastas del Evangelio de Jesús!