«…Viendo la grande falta que hay de predicadores evangélicos y apostólicos en nuestro territorio español, los deseos tan grandes que tiene el pueblo de oír la divina palabra y las muchas instancias que de todas partes de España hacen para que vaya a sus ciudades y pueblos a predicar el Evangelio, determiné reunir y adiestrar a unos cuantos compañeros celosos y poder hacer con otros lo que solo no puedo: y gracias a Dios ha tenido tan buen principio mi pensamiento que actualmente me hallo con cincuenta y nueve discípulos eclesiásticos y algunos saldrán predicadores y muy aventajados; con la inteligencia que todos estos señores se puede decir que estriban sobre mis hombros; por tanto, si me retiro, con este nombramiento todo se va al suelo, porque todavía están muy tiernos».(Carta al Nuncio Apostólico, 12 de agosto de 1849, en EC I, p. 305).

HACER CON OTROS

Este párrafo de la carta de Claret, en que pone reparos a su nombramiento de arzobispo, expresa su sentimiento paternal respecto de la Congregación misionera que acaba de fundar y de otras que tiene en mente, y subraya el problema de la escasez de evangelizadores y el deseo muy vivo que tiene el pueblo de ser evangelizado. En la España de entonces, debido a la expulsión de los religiosos, apenas había predicadores.

Indicaba Claret cómo un grupo de evangelizadores lograría mejor cosecha que si fueran individuos aislados. Y le entristecía profundamente el ver que muchos sacerdotes no mostraban gran interés por la predicación o no estaban capacitados para ella. Por eso puso en marcha su grupo de misioneros y varias asociaciones apostólicas de laicos. El nombramiento de arzobispo, a su entender, hacía inviable ese proyecto.

Ojalá su espíritu y entusiasmo continúe vivo entre nosotros.