«El Señor nos ha librado de la muerte. En esta plazuela había cinco barricadas, una en cada desembocadura de calle […]. Ofrecí mi vida al Señor y estuve siempre muy tranquilo. Y me parece que habría sido para mí mejor el morir que el tener que vivir presenciando lo que pasa y pasará […]»

(Carta al P. José Xifré, 29 de junio de 1866, en EC II, p. 1.016).

CORDEROS EN MEDIO DE LOBOS

Jesús envió a los setenta y dos discípulos a anunciar el Evangelio diciéndoles que irían como «corderos» en medio de «lobos» (Lc 10,3). Seguramente la frase refleja experiencias de hostilidad padecidas por el mismo Jesús. Lo importante, sin embargo, es que Jesús nunca renunció a su mansedumbre: fue siempre «cordero» y nunca «lobo».

Algo semejante apreciamos en la vida de Claret. Y es que el Evangelio no puede imponerse por la fuerza sino solamente a partir del testimonio coherente de vida del que lo propone. Ser testigos del Evangelio al estilo de Jesús es estar convencidos de que la única fuerza que tenemos es la de la Palabra de Dios.

Vivimos en un mundo fuertemente competitivo y violento. Violento por acción (está lleno de luchas armadas) y por omisión (estamos dejando en el hambre o en el subdesarrollo a millones de personas).

A Claret también le ocurrió como a nosotros a veces: que el cansancio o el desánimo parece que nos vencen («Y me parece que habría sido para mí mejor el morir que el tener que vivir presenciando lo que pasa y pasará»). Nuestra vida fraterna, la escucha atenta de la Palabra, la unión con Cristo a través de una intensa vida de fe, tienen que ser el antídoto contra el desánimo o el pesimismo.

¿Mantengo la esperanza y procuro ser sembrador de paz?