«Los que no saben la Doctrina Cristiana son ciegos sin guía, sin luz, en tinieblas; árboles sin raíz; navegante sin brújula ni timón; soldados sin arma; trabajador sin pan; esta ciencia de la Doctrina es el muelle, las pesas del reloj, es el dique que nos detiene, la bomba que nos hace subir arriba, la máquina de vapor» (Mss. Claret II, 263-266).

HAY QUE MADURAR LA FE

En medio de tantas actividades, muchas veces nos sentimos extenuados y con necesidad de detener la marcha para hallar espacios de sentido, de encuentro, de crecimiento y de descanso.

Aunque experimentamos esta exigencia que brota de nuestro interior, no siempre hallamos o favorecemos los espacios para darle respuesta. El vértigo que rodea nuestra vida cotidiana se puebla de innumerables teorías, opiniones y criterios que muchas veces van dejando sin consistencia lo que alguna vez recibimos de nuestros padres o de la catequesis y que se convirtió en el «suelo nutricio» de nuestra fe.

Esta situación genera crisis de fe, hasta tal punto que se hace necesario recomenzar la catequesis como adultos. Las respuestas que nos dieron en otro tiempo ya resultan insuficientes o inadecuadas. A veces las preguntas han cambiado; surgen dudas y quizá llegamos a pensar que fuimos unos ingenuos, o incluso que nuestros educadores en la fe nos hayan podido engañar o estuvieran equivocados ellos mismos.

El proceso de catequesis de adultos deberá imprimir en nuestra fe un mayor arraigo en la Palabra y en la comunidad, permitiéndonos descubrir modos nuevos de ser «sal y luz» en cada contexto en que estemos situados (cf. Mt 5,13-16).

¿Qué valoración puedes realizar de tu propio proceso de fe? ¿Has cultivado tu formación para que las expresiones de tu fe sean realmente de adulto?