«La oración vocal a mí me va quizás mejor que la pura mental, gracias a Dios. En cada palabra del Padre nuestro, Avemaría y Gloria veo un abismo de bondad y misericordia. Dios nuestro Señor me concede la gracia de estar muy atento y fervoroso cuando rezo dichas oraciones. En la mental también me concede el Señor, por su bondad y misericordia, muchas gracias, pero en la vocal lo conozco más» (Aut 766).

DEJAR QUE DIOS NOS HAGA

No podemos negar que la oración vocal está rodeada de cierto descrédito por varias razones, como el hecho de reducirla casi solo a la petición, o al rezo de oraciones repetidas de forma mecánica o afectadas de un toque mágico como, por ejemplo, condicionarlas al número de veces o días en que hay que hacerlas para que surtan el efecto deseado…, como si Dios tuviera agenda u horas de atención.

La oración vocal es profundamente evangélica. Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, Él no les dio una conferencia sobre la oración, sino que les enseñó una oración vocal.

La oración vocal y la mental o contemplación deben ir unidas. A veces se contraponen o se crea indebidamente una fisura entre las dos. La oración vocal bien hecha es también contemplación. Como en realidad lo era la de Claret según este texto antes citado, ya que cada palabra le dejaba en estado de contemplación. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, «incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de aquél “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, cam. 26). Entonces la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa» (n. 2.704).