«En la provincia de Tarragona había unos cuantos que querían asesinarme. Dije al Sr. Arzobispo: mándeme V. E. a cualquier punto de su diócesis, que gustoso iré, aunque sepa que en el camino hay dos filas de asesinos con el puñal en la mano» (Aut 466).

LA PROPIA VIDA NO ES EL VALOR SUPREMO

En honor de un grupo de mártires de finales del siglo primero en Asia Menor, se compuso un cántico que dice: «No amaron tanto su vida que temieran la muerte» (Ap 12,11). Ya unos cuarenta años antes, Pablo de Tarso se había despedido de los presbíteros de Éfeso diciendo algo parecido: «Yo no hago aprecio alguno de mi vida con tal de concluir mi carrera y cumplir el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios» (Hch 20,24).

Este texto debió de ser repetidamente objeto de reflexión de Claret. En el otoño de 1865, habiendo interrumpido su servicio de confesor real, realiza un discernimiento acerca de si reanudarlo o despedirse definitivamente de Madrid. Consciente de que en dicha capital es muy perseguido, trascribió ese pasaje de los Hechos, con la pequeña glosa –sin duda muy de su gusto– que introdujo la Vulgata: «No me importa la vida con tal de concluir mi carrera y cumplir el ministerio “de la palabra” que recibí del Señor Jesús» (EC III, p. 504).

La persecución fue una constante en la vida del gran misionero, tanto en su época de Cataluña (1841-1850) como en su época de Madrid, siendo confesor real (1857-1868). Muchos se imaginaban –muy equivocadamente– que se aprovechaba del cargo para mover los hilos de la política. Por eso fue objeto de graves calumnias y de varios atentados. Claret estaba entrenado para dar su vida por el Evangelio.