«[En el noviciado de los jesuitas] de todos tenía que aprender, y de verdad aprendía, ayudado de la gracia del Señor. Yo me confundía mucho cuando veía a todos tan adelantados en virtud y yo tan atrasado»

(Aut 142).

HUMILDAD

Cuando Claret, ya sacerdote, estando en el noviciado de los jesuitas en Roma, se veía «tan atrasado»en virtud –como él confiesa–, cultivaba un gran sentimiento de humildad. Claret valoró siempre la humildad y la cultivó con empeño. Curioso: algunos biógrafos dicen que su temperamento le inclinaba más bien a la vanidad. Tenía gran sensibilidad estética, la cual le habría llevado instintivamente a ser presumido. Consciente de ello, durante bastantes años llevó el llamado «examen particular» sobre la humildad. Y declinaba con modestia todo halago referente a sus predicaciones.

Claret contemplaba a Jesús diciendo: «Aprended de mí que soy sencillo y humilde de corazón» (Mt 11,29). A sus discípulos, lo que más les corregía Jesús era la ambición, el querer ponerse por encima de los demás. Tuvo que «trabajarlos» mucho, pues frecuentemente discutían sobre quién era el primero o el mayor. Les dijo Jesús: «Quien quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos» (Mc 10,43-45).

No es fácil la verdadera humildad, porque nuestra frágil e insegura condición humana aspira, por compensación, a la seguridad de la grandeza y del poder. En nuestros días, la humildad verdadera escasea incluso en la Iglesia, y más aún en la sociedad.

En ese ambiente que nos envuelve y puede contagiarnos, es oportuno que la conducta de Claret nos cuestione y nos anime a valorar y cultivar la verdadera humildad. Seremos más libres, más serviciales y más felices. Tendremos más paz.