«El Corazón de María no solo fue miembro vivo de Jesucristo por la fe y la caridad, sino también origen y manantial de donde se formó la humanidad» (Carta a un devoto del Corazón de María, en EC II, p. 1.500).

EL CORAZÓN DE MARÍA, MANANTIAL DE DONES

En el texto que comentamos afloran en la intuición de Claret las dos relaciones que provocaron una importante controversia conciliar en el Vaticano II: María en relación con Cristo frente a María en su relación con la Iglesia. La controversia fue fecunda y dio como resultado el cap. 8 de la constitución Lumen gentium, síntesis de las dos tendencias: «La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó san Ambrosio, la Madre de Dios, es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo» (LG 63).

La encíclica de san Juan Pablo II Redemptoris Mater explicita más aún estas perspectivas. Limitémonos al texto referido a la fe: «La Madre de aquel Hijo […] lleva consigo la radical novedad de la fe: el inicio de la Nueva Alianza […] No es difícil, pues, notar en este inicio una particular fatiga del corazón, unida a una experiencia de “noche de la fe” –usando una expresión de san Juan de la Cruz–, como un “velo” a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad el misterio» (RM 17b).

Por algo Claret la llamó también su «Madrina», que es educadora de la fe. No sabemos de ningún santo ni santa que la hayan llamado así: «Mi Madrina», la que me educa en la fe, porque ella sabe mejor que nadie el camino de esta peregrinación.