«A la degradante embriaguez de los placeres de la carne y de la sangre ha opuesto el delicioso banquete de su carne y de su sangre en el santísimo Sacramento, que nos eleva hasta el manantial de la vida divina» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 26; editada en EC II, p. 593).

CONTRA EL DESENFRENO MUNDANO

¿Cuáles son los ideales de gran parte de nuestra sociedad: de hombres y mujeres, y sobre todo de jóvenes? Se suelen contabilizar tres: salud, dinero y placer. La rueda que con frecuencia da vueltas y revueltas es la del egoísmo. Buscar no lo bueno, verdadero o bello, sino lo que inmediatamente halaga a los sentidos, lo que provoca el bienestar físico, aunque tras de sí deje remordimiento y malestar. Por desgracia, hay personas y grupos que obvian todo tipo de moral (natural y sobrenatural); gente que avasalla, que miente para medrar, que se aprovecha del débil…

No es ese el camino de la conciencia cristiana, ni el que realmente conduce a la felicidad. La dirección correcta es precisamente la contraria: salud espiritual, pobreza evangélica, amor gratuito a Dios y al hermano.

Si, en lugar de la embriaguez del disfrute irracional y pasajero, eliges el camino de la abnegación y de la cruz, llegarás, colmado de gozo, al banquete de la eucaristía, «que nos eleva hasta el manantial de la vida divina», te dice Claret.

Si eres un cristiano convencido, practicante y fiel, quizás te falte aún el complemento del «fervor» (=hervor), de la llama o de la brasa, que puede hacerte arder en caridad y abrasar por donde pases. Busca ese fuego divino, que te encienda en nuevo ardor, en la comunión frecuente y en el arrimo al Señor de la gloria ante el sagrario, en una comunión íntima con aquel que «vino a traer fuego a la tierra» (Lc 12,49).