«El perro es más leal que un hijo, más obediente que un criado y más dócil que un niño. Mira la cara del amo para conocer su inclinación y voluntad, a fin de cumplirlas sin esperar que se lo mande, lo que hace con la mayor prontitud y alegría. Yo debo practicar todas estas bellas cualidades en el servicio de Dios» (Aut 671).

LA LEALTAD DEL AMOR

A Claret el perro le resulta familiar, ¡pero de manera peculiar! Mirando su comportamiento, nos invita a ir más allá en nuestra vida cristiana. ¿Qué podemos aprender del perro? Claret es capaz de ver en su actitud una llamada a ser más leales en nuestra vida de hijos de Dios. La fidelidad no está de moda.

En el perro percibe Claret una llamada a ser más obediente, mejor discípulo. La obediencia del discípulo empieza por la escucha. Hoy cuesta encontrar quien escuche de verdad y quien obedezca. En la conducta del perro percibe Claret una llamada a ser más dócil, a estar más disponible para aprender. Nos dice Jesús que tenemos que hacernos dóciles como un niño para entrar en el Reino.

Fijándose en el perro, Claret te invita a tener levantada la mirada hacia Dios para percibir su Palabra, su voluntad y, sin esperar a mañana, acogerla ya con la mayor prontitud y alegría.

¿Practico yo, en mi vida cotidiana, la lealtad, la obediencia y la docilidad? ¿Estoy pendiente de la Palabra de Dios para dejar –gozosamente– que ella dé forma a mi vida?

Aquí estoy, Señor. Dame la gracia de conocer y hacer tu voluntad con prontitud y alegría.