«Jesucristo fue colocado en un sepulcro nuevo de piedra. Y nos enseñó cómo gusta que le coloquemos, por medio de la comunión, en el corazón, que debe ser nuevo por la confesión, de piedra por la constancia y con aromas de virtudes» (Reloj de la pasión, en EE p. 200).

APOSENTO PARA JESÚS

El Señor nos ha dejado un sacramento expresamente para que experimentemos su perdón. Es un medio de reconciliación con Dios y con los demás. Es también una preparación para la correcta celebración de la Eucaristía. Al recibir la comunión, nuestro interior se convierte en morada de Jesús (cf. Jn 6,58).

La Eucaristía, que culmina con la recepción del pan consagrado, comienza con un «acto penitencial», que prepara a la escucha de la Palabra y a la consagración y comunión sacramental: somos indignos, pero el Señor quiere hacer de nosotros su casa. Si sentimos la presencia viva de Jesús en la Eucaristía, reconoceremos la dignificación de todo nuestro ser por esa presencia, y también la necesidad de que esa morada sea lo más digna posible (Mt 5,8). Esto nos exige buscar siempre la «limpieza de corazón».

Cuando acogemos en casa a una persona que nos es muy querida o importante, nos preocupamos por tener nuestro entorno limpio y bien arreglado para que su estancia entre nosotros le resulte agradable. Lo mismo con Jesús: todo lo que hagamos por ofrecerle una morada acogedora nos parecerá poco.

¿Con qué frecuencia y con qué actitud vivo yo las celebraciones eucarísticas? ¿Son siempre «estremecedoras»…, o se apodera de ellas la «rutina»? ¿Tengo capacidad de silencio y recogimiento…, o me lo impiden mis hábitos de ruido y extroversión?