«En el día 24 de septiembre […] el Señor me hizo entender aquello del Apocalipsis 10,1: Vi también otro ángel valeroso bajar del cielo revestido de una nube (…); el cual tenía en su mano un libro abierto, y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra (primero en su diócesis en la Isla de Cuba y después en las demás diócesis). Y dio un grande grito, a manera de un león cuando ruge. Y después que hubo gritado, siete truenos articularon sus voces. Aquí vienen los hijos de la Congregación del Inmaculado Corazón de María…» (Aut 686).

ENTENDER Y VIVIR LA PALABRA

Claret no se conforma con leer la Escritura. La «rumia», le da vueltas, como María, hasta que se «encarna» también en él.

Y fue el Señor el que le hizo entender el misterioso pasaje apocalíptico. El Señor, como a los de Emaús, le abre los ojos del corazón para que entienda las Escrituras. Pero ¿qué le hace entender el Señor? El Señor le habla y le compromete; le envía a todo el mundo. En la visión percibe la Congregación de Misioneros que ha fundado. Deberán ser mensajeros, «ángeles» armados de valentía y agilidad.

Tiene en sus manos un libro abierto: la Palabra que ilumina la historia para que sea transformada en el reino de Dios. Los pies del ángel señalan el espíritu universal que deben tener cuantos participen del carisma de Claret: abarca mar y tierra, todo.

Los «hijos del Corazón de María» son los misioneros. Su palabra debe resonar con la fuerza del rugido del león y de siete truenos. Otro tanto cuantos participan asimismo de la espiritualidad claretiana.

¿Cómo leo yo la Palabra? ¿Puedo decir que el Señor me la hace entender? ¿Con qué claves interpreto la Palabra? ¿Llega a hacerse vida en mí?