«Cuando salí de aquellas islas [Canarias], el Señor Obispo me quiso dar un sombrero nuevo y un capote nuevo, pero yo no quise; solo me llevé cinco rasgones que me hicieron en mi capote viejo la mucha gente que siempre se me echaba encima cuando iba de una población a otra»

(Aut 486).

IMITACIÓN DE CRISTO POBRE

Claret tuvo gran sensibilidad estética; no en vano había estudiado dibujo y diseños textiles. Él mismo dibujó su escudo arzobispal, el de la Academia de San Miguel, los muchos grabados de su Catecismo explicado…

De su juventud en Barcelona, escribió años más tarde: «Me gustaba vestir, no diré con lujo, pero sí con bastante elegancia» (Aut 72).

Pero la imitación de Cristo pobre y la preocupación por ahorrar para auxiliar a los pobres fueron en Claret más fuertes que su sensibilidad estética. En su consagración episcopal no estrenó mitra, sino que le impusieron –parece que a petición propia– una del difunto obispo Corcuera, admiradísimo por él. En relación con los preparativos del viaje a Cuba, el propio obispo de Vic le aconsejó: «Escriba al Nuncio y al ministro de Gracia y Justicia ponderándoles su extrema pobreza y la absoluta falta de recursos con que se halla…» (Epist. Pas. I, p. 77).

Lo de Canarias se repitió en Cuba. Al ser llamado para confesor real (marzo de 1857), deseó partir hacia Madrid inmediatamente; solo a ruego de sus más íntimos se detuvo cuatro días mientras un sastre le hacía unos hábitos nuevos y mínimamente dignos para presentarse en los despachos regios y ministeriales. Para Claret una sotana andrajosa era un trofeo: le asemejaba a Cristo pobre.