«Has de mirar e imitar continuamente la humildad y mansedumbre de Jesús; la humildad es el fundamento de todas las virtudes; y así como un edificio alto sin fundamento se cae, también caerás tú si no eres humilde» (Carta al misionero Teófilo, en Sermones de Misión. Barcelona 1858, vol. I, p. 11).

TENER LOS SENTIMIENTOS DE JESÚS

Hay una constante en los evangelios, sobre todo en el de Marcos, que consiste en que, cada vez que Jesús realiza un portento o entusiasma a la multitud y esta le ensalza, Él impone silencio y la despide.

Claret tuvo muchos motivos para entregarse a la autosatisfacción, no obstante los momentos más duros de su ministerio. En Canarias las gentes le apretujaban hasta tener la autoridad que protegerle con un marco de madera. A su paso por Madrid previo al viaje a Cuba, se le impusieron cruces, medallas y condecoraciones. Y cuando llegó y salió de aquella isla lo hizo en olor de multitudes y saludado por las máximas autoridades…

Llegado a Madrid y nombrado confesor real, se granjeó la benevolencia de los ministros y, sobre todo, de la reina, que le admiraba hasta lo indecible.

Y en medio de todo ello, Claret mantuvo siempre el gran criterio de imitar lo más literalmente posible a Jesús, también en su humildad y en su preferencia por los humildes.

No limitaba el ejercicio de su ministerio a la Corte. Un testigo de su época declaraba: confiesa todos los días en las iglesias a la gente más pobre… No negó el don de Dios, pero «en las alturas» estuvo siempre incómodo y se consideraba «un burro malo cargado de joyas» (AEC p. 688).