«Quien más y más me ha movido siempre es el contemplar a Jesucristo cómo va de una población a otra, predicando en todas partes» (Aut 221).

CONTEMPLANDO A JESÚS

Siendo novicios, oíamos a nuestro maestro repetirnos con alguna frecuencia: «No solo los verbos, a veces son más importantes los adverbios». Desde aquel entonces empezamos a entender que no solo se trata de «hacer» determinadas acciones, sino sobre todo de hacerlas «bien».

He recordado aquella anécdota leyendo la frase de Claret y mi atención se ha detenido, sobre todo, en dos adverbios: «Más y más» y «siempre».

«Más y más» puede ser entendido de dos maneras: O como «cada vez más», esto es, como una intensificación de la motivación; o como «lo que más» le ha removido en su vida, por encima de otras razones estimulantes. Esos dos efectos se activan en la voluntad de quien mira a Jesús con fe y con amor. Quien así lo hace es propulsado por una fuerza interior en una indomable tensión de santidad. El «más y más» es adverbio insustituible en la vida de seguimiento.

«Siempre». Para muchos se trata de una palabra hoy maldita. Preferimos decir «hasta que…», o «mientras que…». Pero, a pesar de todos los recelos, existen en el corazón humano fuerzas misteriosas que no saben de cálculos. Que le pregunten a la madre de un hijo enfermo terminal, que pregunten a los mártires… Cuando alguien ha sido «herido» por la amistad con Jesús, su herida es incurable.

Que nos atrevamos a pedir a Dios aquellos ojos que, cuando miren hacia Jesús, despierten en nuestra alma una sed insaciable de amor y de entrega. Y, si no nos atrevemos a hacerlo, que nos preguntemos por qué.