«Por cierto que no basta ni es suficiente para cumplir como buenos cristianos el que asistamos a la santa misa y comulguemos en ella para hacernos más participantes de los méritos de Jesucristo…» (Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p.40; editada en EC II, p. 601).

LA MISA NUESTRA DE CADA DÍA

En muchos lugares, la participación en la celebración eucarística ha disminuido sensiblemente. En otros ambientes la concurrencia es excelente pero, tal vez, con el riesgo de quedarse en un bello espectáculo.

Sería oportuno insistir en hacer de la Eucaristía «la vida nuestra de cada día», aprendiendo a ofrecernos a nosotros mismos con Cristo, que se ofrece por la redención del mundo; y, asimismo, con los hermanos, como dimensión«oblativa» esencial de nuestra vida. Claret hizo suya la inquietud de Pablo: «¿Quién desfallece sin que desfallezca yo?¿Quién enferma sin que a mí me dé fiebre?»(2Cor 11,29).

La dinámica de la evangelización exige generosidad, renuncias y sudores. Los grandes apóstoles experimentaron las fatigas del Evangelio (cf. 2Co 11,23-33). Es un sacrificio generoso, una entrega continua por causa de Jesús. Pero, sobre todo, es el camino fecundo para que la vida de Jesús florezca en la del apóstol y en las tareas realizadas por él.

¿Qué remedio propondrías para favorecer más y más la participación frecuente y transformante en la celebración del sacramento de la Eucaristía?